Las imágenes difundidas esta semana sobre la denuncia presentada por la cantante Naldy Saldaña contra César Sánchez Chavesta, entonces director musical y tecladista de la orquesta La Bella Luz, han provocado indignación, pero también una preocupante ola de comentarios que buscan desacreditar a quien denuncia en lugar de reflexionar sobre la conducta denunciada.
"He visto el video y ella se ríe."
"Si fuera verdad habría gritado."
"¿Por qué siguió trabajando ahí?"
"¿Por qué recién habla?"
Esas preguntas se repiten miles de veces en redes sociales. Y, sin darnos cuenta, muchas veces terminamos examinando el comportamiento de la presunta víctima con más severidad que el del presunto agresor.
Existe un error muy común: creer que todas las personas reaccionan igual ante una agresión.
La psicología explica que, frente a una situación de miedo o amenaza, el cerebro puede responder de distintas maneras. Algunas personas enfrentan al agresor. Otras huyen. Algunas se paralizan. Y otras, de forma completamente involuntaria, sonríen por nervios, por miedo o como un intento de disminuir la tensión para salir cuanto antes de una situación que las hace sentir vulnerables.
Una sonrisa no siempre significa comodidad. Tampoco consentimiento.
Quienes hemos visto el video observamos a una joven que intenta apartarse cuando un hombre intenta besarla sin su consentimiento, le toca los senos y posteriormente vuelve a sujetarla para tocarle los glúteos. Luego ella se aleja del lugar. Esa secuencia es precisamente la que hoy investiga la Fiscalía, que ya abrió diligencias preliminares.
Otro argumento frecuente es preguntarse por qué continuó trabajando en la orquesta durante un tiempo. Pero esa pregunta desconoce una realidad que viven muchas mujeres: el agresor suele ocupar una posición de poder. El miedo a perder el empleo, las presiones económicas, la vergüenza, el temor a no ser creídas o incluso las represalias explican por qué muchas víctimas permanecen en esos espacios antes de tomar la difícil decisión de denunciar.
En las últimas horas, además, otras exintegrantes de la agrupación han expresado públicamente su respaldo a Naldy Saldaña y han señalado que también habrían vivido experiencias similares. Esos testimonios no sustituyen una investigación judicial, pero sí muestran que escuchar a quienes denuncian nunca debería ser motivo de burla o descrédito.
Las consecuencias ya han alcanzado a la agrupación. La Bella Luz anunció la separación indefinida de César Sánchez Chavesta, Del Barrio Producciones suspendió la serie inspirada en la historia de la orquesta y el programa Mande quien mande dejó sin efecto, por el momento, el casting que buscaba incorporar una nueva voz femenina.
Este caso también debería abrir otra conversación dentro de la industria musical.
Durante años se ha normalizado que muchas agrupaciones presenten a sus cantantes mujeres con vestuarios cada vez más cortos y sexualizados como parte de su estrategia comercial. Es válido preguntarnos si la industria está enviando el mensaje correcto cuando el talento vocal pasa a un segundo plano frente a la imagen física.
Ninguna forma de vestir justifica el acoso. Una mujer puede usar un vestido corto, un pantalón o un hábito religioso, y en todos los casos merece exactamente el mismo respeto.
Sin embargo, también es oportuno reflexionar sobre un modelo de negocio que con frecuencia convierte la apariencia de las artistas en un producto de consumo. Las cantantes de cumbia deberían ser reconocidas principalmente por su voz, su talento, su disciplina y el esfuerzo que realizan sobre un escenario, no por cuánto muestran de su cuerpo para atraer público.
Finalmente, conviene recordar un principio fundamental de cualquier Estado de derecho: toda persona denunciada tiene derecho a la presunción de inocencia y a una investigación imparcial. Pero ese mismo principio exige que quien denuncia sea escuchada con respeto y sin ser sometida a un juicio paralelo basado en cómo sonrió, cómo caminó o cuánto tiempo tardó en hablar.
Porque la forma en que una víctima sobrevive a una agresión nunca debería convertirse en la prueba utilizada para desacreditarla.
Y porque una sociedad que cuestiona primero a quien denuncia antes que al comportamiento denunciado, corre el riesgo de seguir condenando al silencio a muchas otras mujeres.
No escribo estas líneas porque conozca personalmente a Naldy Saldaña, ni porque me corresponda determinar la responsabilidad de alguien. Esa tarea les compete a las autoridades. Escribo porque creo profundamente que ninguna mujer debería sentir miedo de ir a trabajar. Porque el respeto no depende del cargo, de la fama, de la ropa que se use ni de la forma en que una persona reacciona cuando se siente vulnerable. Y porque el día en que dejemos de preguntar "¿por qué ella hizo eso?" y empecemos a preguntarnos "¿por qué alguien creyó que podía hacerle eso?", habremos dado un verdadero paso como sociedad.
Etiquetas en este artículo
Escrito por
María Isabel Pacherrez Atoche
Creador de contenido y aliado en Sullana En Línea.