Ana dejó su teléfono en la mesa del comedor mientras terminaba de lavar los platos.
Había sido un día largo en el trabajo, lleno de reuniones y pendientes, y solo quería relajarse.
Jorge, su esposo, hojeaba una revista en el sofá mientras esperaba que ella se uniera a él para ver su serie favorita.
—¿Te falta mucho, amor? —preguntó Jorge, sin apartar la vista de la revista.
—No, ya casi termino.
Solo guardo esto y voy.
—respondió Ana, secándose las manos.
En ese momento, su teléfono vibró sobre la mesa.
La pantalla se iluminó mostrando una notificación de mensaje.
Jorge no tenía la costumbre de revisar su teléfono, pero el nombre que apareció lo hizo fruncir el ceño.
“Diego”.
No recordaba que Ana le hubiera mencionado a ningún Diego.
El teléfono volvió a vibrar, esta vez mostrando parte del mensaje: “La pasé increíble anoche, ¿cuándo repetimos?”
El color se desvaneció del rostro de Jorge.
La revista resbaló de sus manos y cayó al suelo.
Sintió un nudo en el estómago mientras tomaba el teléfono sin pensarlo dos veces.
Desbloqueó la pantalla y abrió el mensaje.
“La pasé increíble anoche, ¿cuándo repetimos? Eres increíble, Ana... No dejo de pensar en ti.”
Jorge sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
Una oleada de rabia y dolor lo atravesó.
¿Cómo era posible? Ana, su Ana, la mujer con la que llevaba ocho años casado, la mujer con la que había construido una vida, ¿le estaba ocultando algo?
En ese momento, Ana salió de la cocina secándose las manos con una toalla.
Al ver a Jorge mirando su teléfono, su corazón dio un vuelco. Lo vio pálido, con la mirada clavada en la pantalla.
—¿Qué haces con mi teléfono? —preguntó, intentando sonar casual, pero su voz tembló.
Jorge alzó la vista, sus ojos llenos de dolor y confusión.
—¿Quién es Diego? —su voz era baja, apenas un susurro, pero cargada de tensión.
Ana sintió cómo la sangre abandonaba su rostro.
Se quedó paralizada por un momento, tratando de entender lo que estaba pasando.
Entonces vio el mensaje en la pantalla y sintió que el mundo se le venía encima.
Recordó la noche anterior: una cena de trabajo con su equipo.
Diego, el nuevo gerente de ventas, había sido especialmente atento. Hablaron durante horas, riendo y compartiendo anécdotas.
Había bebido más vino del que debía, y al final de la noche, Diego la acompañó hasta su auto. Se despidieron con un abrazo prolongado, uno que se sintió más íntimo de lo que debería.
Pero no pasó nada más.
Al menos, eso se repetía a sí misma. Sin embargo, la forma en que Diego la miró, la forma en que sus palabras la hicieron sentir, la habían dejado confundida.
Se sintió apreciada, admirada, algo que hacía tiempo no sentía con Jorge, quien solía estar absorto en el trabajo y las responsabilidades del hogar.
Ana abrió la boca para responder, pero las palabras no salieron. ¿Qué podía decir? ¿Que fue solo una cena? ¿Que el mensaje no significaba nada? Cualquier cosa que dijera sonaría como una mentira.
—Jorge, yo... no es lo que piensas. —su voz se quebró, y una lágrima rodó por su mejilla.
Jorge dejó el teléfono sobre la mesa, como si quemara en sus manos. Se levantó lentamente, con la mirada fija en ella.
—¿Entonces qué es? Porque esto... —dijo señalando el mensaje— ...no parece algo que se envíe a una colega.
Ana se mordió el labio, sintiendo cómo el remordimiento la consumía.
—Fue una cena de trabajo... solo hablamos, te lo juro. —intentó explicarse, pero sabía que no era suficiente.
Jorge dejó escapar una risa amarga.
—¿Solo hablaron? ¿Y eso justifica que te diga que no deja de pensar en ti? ¿Que quiere repetir la noche? —sus palabras eran como cuchillos, cortando cada excusa que Ana podía intentar.
Ana no sabía qué responder. Había sido una noche especial, sí, pero no esperaba que Diego le enviara ese mensaje.
No esperaba que él interpretara su conexión como algo más.
Pero, al mismo tiempo, no podía negar que había disfrutado de su compañía, que había sentido algo que la asustaba.
—No pasó nada, Jorge... solo hablamos y nos reímos. Me hizo sentir... —se detuvo, dándose cuenta de lo que estaba a punto de decir.
—¿Te hizo sentir qué? —insistió Jorge, sus ojos ardiendo de dolor.
Ana bajó la mirada, incapaz de sostener su mirada.
—Me hizo sentir especial.
Jorge cerró los ojos, sintiendo cómo su corazón se rompía en mil pedazos.
Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta.
—No puedo escuchar esto ahora. Necesito salir.
—dijo antes de abrir la puerta y salir de la casa, dejándola sola, temblando de miedo y culpa.
Ana se dejó caer en el sofá, abrazándose a sí misma mientras las lágrimas caían sin control.
¿Cómo había llegado a esto? Nunca quiso lastimar a Jorge, nunca quiso poner en riesgo su matrimonio.
Pero algo en ella se había perdido, algo que encontró, aunque fuera por un instante, en esa conversación con Diego.
Miró el teléfono sobre la mesa, odiándolo, odiándose a sí misma.
Se sentía sola, traicionada por sus propios sentimientos.
Sabía que tenía que hablar con Jorge, explicarle todo, hacerle entender que él era el amor de su vida.
Pero también sabía que las palabras no borrarían el dolor que le había causado.
Se quedó ahí, en la oscuridad de la sala, esperando a que él volviera, esperando una oportunidad para enmendar su error.
Pero la duda la consumía.
¿Podría Jorge perdonarla alguna vez? ¿Podrían seguir adelante después de esto.
No tenía respuestas.
Solo un dolor profundo y un vacío que parecía no tener fin.
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